Mending

Feminine Spirit
February 27, 2021 - March 26, 2021
Cra. 16 No. 86b-31

La obra de Consuelo Manrique, desde hace varios años, viene haciendo referencia a los
cuerpos de mujeres violentadas en una guerra que parece no tener fin. Este
acercamiento a las mujeres víctimas de la violencia, se remonta al año 2003, con la
serie Hálitos, en la que se aludía a la toma del Palacio de Justicia ocurrida en 1985. La
mayoría de estas obras mostraba formas que evocaban los cráneos de tantos
desaparecidos que sirvieron como fuente de información para los investigadores que
buscaban identificarlos en los restos de tantos NN. Entre los que no volvieron, estaba
una de las empleadas de la cafetería del palacio. Por azar, llegaron a manos de
Consuelo, documentos de esta mujer que se encontraba embarazada. Fue así como
unas manchas casi abstractas de un rojo intenso, dejaron de ser cabezas y se
convirtieron en vientres. Así, con este órgano, origen de la vida, entró el cuerpo
femenino en la obra de Consuelo Manrique. Luego, en la serie Cuerpo silente (2006)
desde el título mismo, el cuerpo de la mujer, se convirtió en el tema central de su
pintura. Esta serie es producto de un trabajo con las mujeres víctimas del conflicto
armado, quienes, dice Consuelo, temían hablar. Sus cuerpos además de violentados y
aterrorizados, estaban mudos, pero ella logró que de manera íntima, hablaran, le
relataran su dolor y las atrocidades a las que habían sido sometidas. Testimonios que
dieron lugar a Cuerpo silente en la que recurre a múltiples simbolismos, entre ellos
unas jaulas rojas. Años después, en el Museo de la Inquisición de Cartagena, Consuelo
vio un performance de las mujeres del corregimiento del Salado, donde en el año
2000 ocurrió una de las más atroces masacres cometidas en Colombia . Ellas al
comienzo de su presentación, ocultaban sus rostros con máscaras, pero durante su
performance las retiraban, y sus movimientos, sus cantos, así como sus vestidos
blancos, daban cuenta de un estado de sanación. Esos “cuerpos silentes” ya podían
hablar, se habían ido liberando, sus heridas se habían ido curando y esto motivó las
dos series siguientes: A posteriori I (2011) y A Posteriori II, Cicatrices (2018).
Al observar algunas de sus pinturas recientes, tengo la impresión de que en esta nueva
serie, Remiendos, de tanto venir nombrando cuerpos ajenos, Consuelo Manrique, a
través de un gesto muy significativo, ha llegado, quizá sin darse cuenta, a nombrar el
suyo.

En Remiendos se encuentran varios elementos comunes con las series citadas:
escrituras finas que van tejiendo una especie de texto ilegible que parece también un
tejido, un encaje leve; están los hilvanes, las costuras, que hablan tanto de una labor
femenina como nombran el cuerpo. Pero sobre todo la sensibilidad, o como lo llama
Consuelo, el “espíritu femenino”, su inclinación a la reparación, al cuidado, propio de
su naturaleza al ser dadoras de vida. En algunas telas de esta nueva serie la laminilla de oro, como en esa técnica ancestral japonesa, kintsugi, remienda los que se ha roto, repara lo destruido de una manera ceremonial y estética.

Pero así como hay una continuidad de recursos y de lenguaje, hay un par de gestos
muy significativos: introducir elementos que hacen parte de su vida íntima. Uno de
ellos, son los pañuelos que fueron de su madre, telas usadas, antiguas, con encajes
finos, cargadas de memoria que dan lugar a un grupo de dibujos sobre papel de
seguridad, sumamente delicados que parecen deshacerse en hilachas dibujadas con
grafito. Pero el gesto más contundente que irrumpe con una fuerza inusitada: es
haber desbaratado su vestido de novia para introducir dentro de la pintura pedazos
de encaje. Del vestido se han extraído largas tiras que se cosen al lienzo ubicándolo en
la mitad, como una pieza rectangular que se impone con fuerza a pesar de la
delicadeza de su textura. Y este tejido se cubre de rojo, un rojo nuevo, distinto al que
hemos conocido en otras pinturas.

El rojo ha sido un color emblemático en su paleta. Frecuentemente ha aparecido como
amplias manchas abstractas que estructuran sus telas, también, como lo mencionaba,
estuvo presente en los vientres, en las jaulas que después de estar herméticamente
cerradas, en A Posteriori, se fueron abriendo como alusión a la libertad que lograron
las mujeres del Salado con su proceso de sanación, y el rojo sigue presente en esta
nueva serie. En algunas obras sigue cumpliendo esa función de estructura tan
característica de su trabajo, por ejemplo en el díptico Del espíritu femenino y en
Geografía corporal, pero en las obras tituladas Renacer, en las que se inserta el encaje
de su vestido de boda, aparece bajo una tonalidad y una función enteramente
diferentes. Esta tonalidad distinta evoca de una manera nueva, yo diría más realista,
más directa, la sangre que a veces parece acumularse formando pozos en el encaje, en
otras ocasiones apenas deja huellas mediante transparencias aplicadas con el pincel
casi seco. A primera vista pensé en gasas ensangrentadas, gasas que seguramente
repararon heridas. Hay reparación pero también huellas del dolor. A esta sanación se
unen fragmentos de laminilla de oro, delicadas frágiles, que al remendar cumplen
también una función ceremonial.

Definitivamente, en estas piezas emerge, con una fuerza inusitada, algo distinto que
conmueve y sorprende. Si, de tanto nombrar el cuerpo de otras, Consuelo Manrique,
con contundencia y delicadeza, nos nombra el suyo.

Marta Rodríguez